El edificio estaba desierto. Entraba mucha luz por los ventanales de cada pasillo. Subimos. Paramos en un gran cuarto, con una cama enorme de acolchado celeste. Tiramos todo en el piso, nos arrojamos en la cama, iluminados. Brillabas. Tus ojos eran azules casi blancos, casi hielo, casi cielo. Una belleza inefable lo inundaba todo. Un gato negro apareció entre las cosas y se subió entre nosotros. Me comentaste que saldríamos rápido, que ya era hora de dejar todo esto. Te dije que no tenía pasaporte. Me miraste y respondiste que no importaba, que salíamos a Uruguay y luego a México. Era solo cuestión de pasar la noche. Te vi pararte y salir al cuarto contiguo. Había una pileta enorme, cristalina. Observé detenidamente cómo te sumergías en ella. Cerré los ojos. No era la hora pico, pero sobraba gente o hacía falta espacio, estábamos maloliendo nuestra humanidad. De pronto, otra estación, y casi todos bajando en estampida. Quedamos ella, yo, y otro tipo que nos miraba raro. ...