Llegar transpirada de frío ante un rectángulo de plástico con rostros ondulados; entrar a la pecera bajo la noche que se abre frente al paredón. Ese fue el flash de la llegada antes de las 10 de la noche, a la hora de la sopa. En el vórtice –si, vórtice- del local que opera de escenario, obturado por vasos birras platos que entran y salen de la barra, gravitantes entre nucas que no paran de pedir, los músicos. Rehenes del consumo direccionado de los quietitos. Todos tienen hambre, todos tienen sed, todos sentaditos vamos a comer. Son las 10 de la noche. El sonido parece negarse, chirriar oxidado en una voz que es solo boca de covers. Y si no lo son, podrían ser otra cosa. Rodney, quizás. Pero parada desde el fondo lo performático cubre la escena; ese lugar de maderas barnizadas titilantes ante el neón como espejitos de colores que te lleva a pedir una birra mas. Y otra. Las canciones van pasando, la preocupación de los músicos es notable. El baterista sacude sus rulos y parece ser un fauno en los ojos de los muertos. Desde el fondo su melena se confunde con montañas de papas fritas; la puerta lateral no deja de golpear. Me sumo a la calesita después de que termina la banda, y alguien me dice- falta luz blanca. Encontramos dos veladores en forma de flor, susurrando, como los de las casas de velatorios al lado de la parrilla a dos cuadras del Imperio, casi Álvarez Thomas. Hay algo en el brillo que parece no querer volver. De pronto, apretaditos en la esquina, del otro lado del vidrio. Rock viejita y las copas en el borde de la barra; otros coquetean en modo caloventor. Hay cuero también y la gente parece seria, con el rock al plato; con algo de nostalgia plastificada por los vientos que alguna vez chocaron frente al cementerio.
Sábado 12 de spetiembre de 2015
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